martes, 30 de octubre de 2012

Historia de la Sexualidad I: La voluntad del saber


Manuel Lemus
Alejandra Silvera
Vladimir Paniagua
Annelisse Palma
María Belén Méndez Bauer







1. NOSOTROS, LOS VICTORIANOS



En el siglo XVII las prácticas no buscaban el secreto; las palabras se decían sin excesiva reticencia, y las cosas sin demasiado disfraz; se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito. Los códigos de lo grosero, de lo obsceno y de lo indecente, eran muy laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, trasgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, cuerpos desnudos



Según Foucault desde el siglo VIII la sexualidad es cuidadosamente encerrada, la familia conyugal la confisca y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. En lo que tenga relación con el sexo debe haber silencio. El único lugar de sexualidad reconocido es la alcoba de los padres, que deberá quedarse en una función utilitaria y fecunda. El nacimiento de la represión en esa época coincide con el desarrollo del capitalismo, lo que la relacionaría con los modos de producción, si el sexo es reprimido con tanto rigor, se debe a que es incompatible con una dedicación a la trabajo general e intensiva.



La pregunta que mueve su estudio no es ¿Por qué somos reprimidos?, sino ¿Por qué decimos con tanta pasión, tanto rencor contra nuestro pasado más próximo, contra nuestro presente y contra nosotros mismos que somos reprimidos? ¿Por qué espiral hemos llegado a afirmar que el sexo es negado, a mostrar ostensiblemente que lo ocultamos, a decir que lo silenciamos y todo esto formulándolo con palabras explícitas, intentando que se lo vea en su más desnuda realidad, afirmándolo en la positividad de su poder y de sus efectos?



¿Por qué se ha asociado por tanto tiempo, sexo y pecado, y cómo llegamos a esa asociación?, ¿Por qué nos culpabilizamos tanto por haberlo convertido hace tiempo en pecado? ¿Por cuáles caminos hemos llegado a estar “en falta” respecto de nuestro propio sexo? ¿Y a ser una civilización lo bastante singular como para decirse que ella misma, durante mucho tiempo y aún hoy, ha pecado contra el sexo por abuso de poder? ¿Cómo ha ocurrido ese desplazamiento que, pretendiendo liberarnos de la naturaleza pecadora del sexo, nos abruma con una gran culpa histórica que habría consistido precisamente en imaginar esa naturaleza culpable y en extraer de tal creencia efectos desastrosas?



2. LA HIPÓTESIS REPRESIVA



Frente a la hipótesis represiva pueden plantearse tres dudas:



a) ¿La represión del sexo es en verdad una evidencia histórica?



b) La mecánica del poder ¿pertenece en lo esencial al orden de la represión?



c) El discurso crítico que se dirige a la represión, ¿Viene a cerrarle el paso a un mecanismo de poder que hasta entonces había funcionado sin discusión o bien forma parte de la misma red que denuncia llamándolo “represión”?



El objetivo del autor es tomar en consideración el hecho de que se habla de el sexo, quiénes lo hacen, los lugares y puntos de vista desde donde se habla, las instituciones que tal cosa incitan y que almacenan y difunden lo que se dice, en una palabra, el hecho discursivo global, la puesta en discurso del sexo.



A partir del siglo XVII nombrar el sexo se habría vuelto más difícil y costoso, como si para dominarlo en lo real hubiese sido necesario primero reducirlo en el lenguaje. Pero considerando los tres últimos siglos, en sus continuas transformaciones, las cosas aparecen muy diferentes: podemos apreciar una verdadera explosión discursiva en torno y apropósito de sexo.



Es posible que haya habido una depuración del vocabulario autorizado, que se haya codificado toda una retórica de la alusión y de la metáfora, que nuevas reglas de decencia filtraran las palabras definiendo de manera más estricta dónde y cuándo no era posible hablar de sexo. Así se han establecido regiones de discreción.



Foucault toca el tema de la sexualidad, y analiza aquellos procesos en que se reprime, niega, enjuicia, visión pecaminosa del sexo y con una carga muy importante de culpa, sin olvidar que en la época a la que se remite Foucault, vio destinado a la prohibición, al pensar que no existe; sin embargo se observa que detrás de todo ese cúmulo de represión estaba movido por ciertas voluntades, un discurso elaborado desde el poder.



2. 1 La Incitación a los Discursos:



Pretende dar respuesta a tres interrogantes:



¿La represión del sexo es en verdad una evidencia histórica? La mecánica del poder, ¿pertenece en lo esencial al orden de la represión? ¿Hay una ruptura histórica entre la edad de la represión y el análisis crítico de la represión?



El autor se basa en los tres últimos siglos preparando la burguesía y finalizando en el proletariado. En este progreso, específicamente en la Edad Media y también en el siglo XVII para concluir el sacramento de la confesión era necesario se nombraran todos los detalles de las relaciones sexuales, sin embargo, surgieron censuras en cuanto a ciertas expresiones y lenguaje consideradas por la moral incorrectas.



En el siglo XVIII se da una cierta libertad para empezar hablar sobre sexo, debido a que había un gran interés político, económico y técnico, ya que si el pueblo contaba con una mayor población se obtendrá una mayor riqueza económica.



Para tal efecto la sexualidad en esta etapa estaba reducida a la procreación, por ello se analizaban las tasas de natalidad, edad del matrimonio, etc.



2. 2 La implantación Perversa:

A través de tantos discursos se multiplicaron las condenas judiciales por pequeñas perversiones; se anexó la irregularidad sexual a la enfermedad mental; se definió una norma de desarrollo de la sexualidad desde la infancia hasta la vejez y se caracterizó con cuidado todos los posibles desvíos; se organizaron controles pedagógicos y curas médicas. Toda esa atención charlatana, dice el autor, es la que desde hace dos o tres siglos, está dirigida a una preocupación elemental: asegurar la población, reproducir la fuerza de trabajo, mantener la forma de las

relaciones sociales, en síntesis: montar una sexualidad económicamente útil y políticamente conservadora.







Nuestra época ha sido iniciadora de heterogeneidades sexuales. Hasta fines del siglo XVIII, tres grandes códigos regían las prácticas sexuales:



1. Derecho canónico



2. Pastoral cristiana



3. Ley civil.



Fijaban, cada uno a su manera, la línea divisoria de lo lícito y lo ilícito. Pero todos estaban centrados en las relaciones matrimoniales, romper las leyes del matrimonio o buscar placeres extraños significaba condenación. Las prohibiciones referidas al sexo eran fundamentalmente de naturaleza jurídica. La "naturaleza" sobre la cual se solía apoyarlas era todavía una especie de derecho.



La explosión discursiva de los siglos XVIII y XIX provocó dos modificaciones en ese sistema centrado en la alianza legítima. En primer lugar, un movimiento centrífugo respecto a la monogamia heterosexual. En cambio, se interroga a la sexualidad de los niños, a la de los locos y a la de los criminales; al placer de quienes no aman al otro sexo; a las ensoñaciones, las obsesiones, las pequeñas manías o las grandes furias. A todas estas figuras, les toca ahora avanzar y tomar la palabra y realizar la difícil confesión de lo que son. Sin duda, no se las condena menos. Pero se las escucha; y si ocurre que se interrogue nuevamente a la sexualidad regular, es así por un movimiento de reflujo, a partir de esas sexualidades periféricas.



El dominio cubierto por el sexto mandamiento comienza a disociarse. También se deshace, en el orden civil, la confusa categoría de "desenfreno", que durante más de un siglo había constituido una de las razones más frecuentes de encierro administrativo.



¿Qué significa la aparición de todas esas sexualidades periféricas? En términos de represión, las cosas son ambiguas. Indulgencia, si se piensa que la severidad de los códigos a propósito de los delitos sexuales se atenuó considerablemente durante el siglo XIX, y que a menudo la justicia se declaró incompetente en provecho de la medicina. Pero la medicina ha entrado con fuerza en los placeres de la pareja: ha inventado toda una patología orgánica, funcional o mental que nacería de las prácticas sexuales "incompletas", ha clasificado con cuidado todas las formas anexas de placer; las ha integrado al "desarrollo" y a las "perturbaciones" del instinto; y ha emprendido su gestión.



La implantación de las perversiones es un efecto-instrumento: merced al aislamiento, la intensificación y la consolidación de las sexualidades periféricas, las relaciones del poder con el sexo y el placer se ramifican, se multiplican, miden el cuerpo y penetran en las conductas. Y con esa avanzada de los poderes se fijan sexualidades diseminadas, prendidas a una edad, a un lugar, a un gusto, a un tipo de prácticas. Proliferación de las sexualidades por la extensión del poder; aumento del poder al que cada una de las sexualidades regionales ofrece una superficie de intervención: este encadenamiento, sobre todo a partir del siglo XIX, está asegurado y relevado por las innumerables ganancias económicas que gracias a la mediación de la medicina, de la psiquiatría, de la prostitución y de la pornografía se han conectado a la vez sobre la desmultiplicación analítica del placer y el aumento del poder que lo controla.



3. SCIENTIA SEXUALIS







Todo a lo largo del siglo XIX, el sexo parece inscribirse en dos registros de saber muy distintos: una biología de la reproducción que se desarrolló de modo continuo según una normatividad científica general, y una medicina del sexo que obedeció a muy otras reglas de formación. Entre ambas, ningún intercambio real, ninguna estructuración recíproca; la primera, en relación con la otra, no desempeñó sino el papel de una garantía lejana, y muy ficticia: una caución global que servía de pretexto para que los obstáculos morales, las opciones económicas o políticas, los miedos tradicionales, pudieran reescribirse en un vocabulario de consonancia científica.



En la diferencia entre la fisiología de la reproducción y la medicina de la sexualidad habría que ver otra cosa, y más que un progreso científico desigual o una desnivelación en las formas de la racionalidad; la primera dependería de esa inmensa voluntad de saber que en Occidente sostuvo la institución del discurso científico; la segunda, de una obstinada voluntad de no saber.



Lo importante, no es que los sabios se taparan ojos y oídos ni que se equivocaran; sino, en primer lugar, que se construyera en torno al sexo y a propósito del mismo un inmenso aparato destinado a producir, sin perjuicio de enmascararla en el último momento, la verdad. Lo importante es que el sexo no haya sido únicamente una cuestión de sensación y de placer, de ley o de interdicción, sino también de verdad y de falsedad, que la verdad del sexo haya llegado a ser algo esencial, útil o peligroso, precioso o temible; en suma, que el sexo haya sido constituido como una apuesta en el juego de la verdad.



Ha habido históricamente dos grandes procedimientos para producir la verdad del sexo. En el arte erótico, la verdad es extraída del placer mismo, tomado como práctica y recogido como experiencia. Ese saber debe ser revertido sobre la práctica sexual, para trabajarla desde el interior y amplificar sus efectos. Nuestra civilización es sin duda la única en practicar una scientia sexualis. O mejor: en haber desarrollado durante siglos, para decir la verdad del sexo, procedimientos que en lo esencial corresponden a una forma de saber rigurosamente opuesta al arte de las iniciaciones y al secreto magistral: se trata de la confesión. La confesión de la verdad se inscribió en el corazón de los procedimientos de individualización por parte del poder.



¿Si el sexo fuera, en nuestra sociedad, a una escala de varios siglos ahora, lo que está colocado bajo el régimen sin desfallecimiento de la confesión? La puesta en discurso del sexo, de la que más arriba se hablaba, la diseminación y el refuerzo de la disparidad sexual, quizá sean dos piezas de un mismo dispositivo; se articulan en él gracias al elemento central de una confesión que constriñe a la enunciación verídica de la singularidad sexual, por extremada que sea.

Por la estructura de poder que le es inmanente, el discurso de la confesión no sabría provenir de lo alto, por la voluntad soberana del maestro, sino de abajo, como una palabra obligada, requerida. Ya no se trata sólo de decir lo que se hizo, el acto sexual, y cómo, sino de restituir en él y en torno a él los pensamientos, las obsesiones que lo acompañan, las imágenes, los deseos, las modulaciones y la calidad del placer que lo habitan. Por primera vez sin duda una sociedad se inclinó para solicitar y oír la confidencia misma de los placeres individuales. Había

motivos para hacer temblar las palabras; se constituía entonces esta cosa improbable: una ciencia-confesión, una ciencia que se apoyaba en los rituales de la confesión y en sus contenidos, una ciencia que suponía esa extorsión múltiple e insistente y se daba como objeto lo inconfesable-confesado.







¿Cómo se logró constituir esa inmensa y tradicional extorsión de confesión sexual en formas científicas?:



1. Por una codificación clínica del "hacer hablar": combinar la confesión con el examen, el relato de sí mismo con el despliegue de un conjunto de signos y síntomas descifrables; el interrogatorio, el cuestionario apretado, la hipnosis con la rememoración de recuerdos, las asociaciones libres: otros tantos medios para reinscribir el procedimiento de la confesión en un campo de observaciones científicamente aceptables.



2. Por el postulado de una causalidad general y difusa: el deber decirlo todo y el poder interrogar acerca de todo encontrarán su justificación en el principio de que el sexo está dotado de un poder causal inagotable y polimorfo. El principio del sexo como "causa de todo y de cualquier cosa" es el reverso teórico de una exigencia técnica: hacer funcionar en una práctica de tipo científico los procedimientos de una confesión que debía ser total, meticulosa y constante. Los peligros ilimitados que el sexo conlleva justifican el carácter exhaustivo de la inquisición a la cual es sometido.



3. Por el principio de una latencia intrínseca de la sexualidad: Al integrarla a un proyecto de discurso científico, el siglo XIX desplazó a la confesión; ésta tiende a no versar ya sobre lo que el sujeto desearía esconder, sino sobre lo que está escondido para él mismo y que no puede salir a la luz sino poco a poco y merced al trabajo de una confesión en la cual, cada uno por su lado, participan el interrogador y el interrogado. El principio de una latencia esencial de la sexualidad permite articular en una práctica científica la obligación de una confesión difícil. Es preciso arrancarla, y por la fuerza, puesto que se esconde.



4. Por el método de la interpretación: si hay que confesar, no es sólo porque el confesor tenga el poder de perdonar, consolar y dirigir, sino porque el trabajo de producir la verdad, si se quiere validarlo científicamente, debe pasar por esa relación. Respecto a la confesión, su poder no consiste sólo en exigirla, consiste en constituir, a través de la confesión y descifrándola, un discurso verdadero. Al convertir la confesión no ya en una prueba sino en un signo, y la sexualidad en algo que debe interpretarse, el siglo XIX se dio la posibilidad de hacer funcionar los procedimientos de la confesión en la formación regular de un discurso científico.



5. Por la medicalización de los efectos de la confesión: la confesión adquirirá su sentido y su necesidad entre las intervenciones médicas: exigida por el médico, necesaria para el diagnóstico y por sí misma eficaz para la curación. Lo verdadero sana, es curativo si lo dice a tiempo y a quien conviene aquel que, a un tiempo, es el poseedor y el responsable.





Nuestra sociedad, rompiendo con las tradiciones de la ars erotica, se dio una scientia sexualis. Más precisamente, continuó la tarea de proseguir discursos verdaderos sobre el sexo, ajustando el antiguo procedimiento de la confesión a las reglas del discurso científico. La scientia sexualis, desarrollada a partir del siglo XIX, conserva paradójicamente como núcleo el rito singular de la confesión obligatoria y exhaustiva, que en el Occidente cristiano fue la primera técnica para producir la verdad del sexo. Este rito, a partir del siglo XVI, se desprendió poco a poco del sacramento de la penitencia y emigró hacia la pedagogía, hacia las relaciones entre adultos y niños, hacia las relaciones familiares, hacia la medicina y la psiquiatría. En todo

caso, desde hace casi ciento cincuenta años, está montado un dispositivo complejo para producir sobre el sexo discursos verdaderos: un dispositivo que atraviesa ampliamente la historia puesto que conecta la vieja orden de confesar con los métodos de la escucha clínica. Y fue a través de ese dispositivo como, a modo de verdad del sexo y sus placeres, pudo aparecer algo como la "sexualidad".







La sexualidad se definió "por naturaleza" como: un dominio penetrable por procesos patológicos, y que por lo tanto exigía intervenciones terapéuticas o de normalización; un campo de significaciones que descifrar; un lugar de procesos ocultos por mecanismos específicos; un foco de relaciones causales indefinidas, una palabra oscura que hay que desemboscar y, a la vez, escuchar.







La historia de la sexualidad, es decir, de lo que funcionó en el siglo XIX como dominio de una verdad específica, debe hacerse en primer término desde el punto de vista de una historia de los discursos. La sociedad que se desarrolla en el siglo XVIII burguesa, capitalista o industrial, no opuso al sexo un rechazo fundamental a reconocerlo. Al contrario, puso en acción todo un aparato para producir sobre él discursos verdaderos. Desde hace varios siglos, con ese juego se constituyó, lentamente, un saber sobre el sujeto; no tanto un saber de su forma, sino de lo que lo escinde; de lo que quizá lo determina, pero, sobre todo, hace que se desconozca. Esto pudo parecer imprevisto, pero no debe asombrar cuando se piensa en la larga historia de la confesión cristiana y judicial, en los desplazamientos y trasformaciones. De esa forma de saber-poder, tan capital en Occidente, que es la confesión: según círculos cada vez más estrechos, el proyecto de una ciencia del sujeto se puso a gravitar alrededor de la cuestión del sexo. La causalidad en el sujeto, el inconsciente del sujeto, la verdad del sujeto en el otro que sabe, el saber en el otro de lo que el sujeto no sabe, todo eso halló campo propicio para desplegarse en el discurso del sexo. No, sin embargo, en razón de alguna propiedad natural inherente al sexo mismo, sino en función de las técnicas de poder inmanentes en tal discurso.







En suma, se trata de definir las estrategias de poder inmanentes en tal voluntad de saber. Y, en el caso preciso de la sexualidad, constituir la "economía política" de una voluntad de saber.











4. EL DISPOSITIVO DE LA SEXUALIDAD







4.1 La Apuesta





La apuesta de las investigaciones que seguirán consiste en avanzar menos hacia una "teoría" que hacia una "analítica" del poder: es decir, hacia la definición del dominio específico que forman las relaciones de poder y la determinación de los instrumentos que permiten analizarlo. Esta concepción gobierna tanto la temática de la represión como la teoría de la ley constitutiva del deseo. En otros términos, lo que distingue el análisis que se hace en términos de los instintos del que se lleva a cabo en términos de ley del deseo, es con toda seguridad la manera de concebir la naturaleza y la dinámica de las pulsiones; no la manera de concebir el poder. Una y otra recurren a una representación común del poder que, según el uso que se le dé y la posición que se le reconozca respecto del deseo, conduce a dos consecuencias opuestas: o bien a la promesa de una "liberación" si el poder

sólo ejerce sobre el deseo un apresamiento exterior, o bien, si es constitutivo del deseo mismo, a la afirmación: usted está, siempre, apresado ya. Algunos de sus rasgos principales, son:






La relación negativa. Entre poder y sexo, no establece relación ninguna sino de modo negativo: rechazo, exclusión, desestimación, barrera, y aun ocultación o máscara.
La instancia de la regla. El poder, esencialmente, sería lo que dicta al sexo su ley. Es decir, en primer término, que el sexo es colocado por aquél bajo un régimen binario: lícito e ilícito, permitido y prohibido. En segundo lugar, que el poder prescribe al sexo un "orden" que a la vez funciona como forma de inteligibilidad: el sexo se descifra a partir de su relación con la ley. Que el poder actúa pronunciando la regla: el poder apresa el sexo mediante el lenguaje o más bien por un acto de discurso que crea, por el hecho mismo de articularse, un estado de derecho.
El ciclo de lo prohibido: no te acercarás, no tocarás, no consumirás, no experimentarás placer, no hablarás, no aparecerás; en definitiva, no existirás, salvo en la sombra y el secreto. El poder no aplicaría al sexo más que una ley de prohibición. Su objetivo: que el sexo renuncie a sí mismo. Su instrumento: la amenaza de un castigo que consistiría en suprimirlo.
La lógica de la censura. Se supone que este tipo de prohibición adopta tres formas: afirmar que eso no está permitido, impedir que eso sea dicho, negar que eso exista. Formas aparentemente difíciles de conciliar.
La unidad de dispositivo. El poder sobre el sexo se ejercería de la misma manera en todos los niveles. De arriba abajo, en sus decisiones globales como en sus intervenciones capilares, cualesquiera que sean los aparatos o las instituciones en las que se apoye, actuaría de manera uniforme y masiva; funcionaría según los engranajes simples e indefinidamente reproducidos de la ley, la prohibición y la censura: del Estado a la familia, del príncipe al padre, del tribunal a la trivialidad de los castigos cotidianos, de las instancias de la dominación social a las estructuras constitutivas del sujeto mismo, se hallaría, en diferente escala, una forma general de poder. Esta forma es el derecho, con el juego de lo lícito y lo ilícito, de la trasgresión y el castigo.







Tanto en el tema general de que el poder reprime el sexo como en la idea de la ley constitutiva del deseo, se encuentra la mecánica del poder. Se define de un modo extrañamente limitativo. Primero porque se trataría de un poder pobre en recursos, muy ahorrativo en sus procedimientos, monótono en sus tácticas, incapaz de invención y condenado a repetirse siempre. Luego, porque sería un poder que sólo tendría la fuerza del "no"; incapaz de producir nada, apto únicamente para trazar límites, sería en esencia una antienergía; en ello consistiría la paradoja de su eficacia; no poder nada, salvo lograr que su sometido nada pueda tampoco, excepto lo que le deja hacer. Finalmente, porque se trataría de un poder cuyo modelo sería esencialmente jurídico, centrado en el solo enunciado de la ley y el solo funcionamiento de lo prohibido. Todos los modos de dominación, de sumisión, de sujeción se reducirían en suma al efecto de obediencia.







Por lo tanto, al forjar otra teoría del poder, se trata, al mismo tiempo, de formar otro enrejado de desciframiento histórico y, mirando más de cerca todo un material histórico, de avanzar poco a poco hacia otra concepción del poder. Se trata de pensar el sexo sin la ley y, a la vez, el poder sin el rey.





4.2 Método







Algunas proposiciones:


que el poder no es algo que se adquiera, arranque o comparta, algo que se conserve o se deje escapar; el poder se ejerce a partir de innumerables puntos, y en el juego de relaciones móviles y no igualitarias;
que las relaciones de poder no están en posición de exterioridad respecto de otros tipos de relaciones, sino que son inmanentes
que el poder viene de abajo; es decir, que no hay, en el principio de las relaciones de poder, y como matriz general, una oposición binaria y global entre dominadores y dominados, reflejándose esa dualidad de arriba abajo y en grupos cada vez más restringidos, hasta las profundidades del cuerpo social.
que las relaciones de poder son a la vez intencionales y no subjetivas. Si, de hecho, son inteligibles, no se debe a que sean el efecto, en términos de causalidad, de una instancia distinta que las "explicaría", sino a que están atravesadas de parte a parte por un cálculo: no hay poder que se ejerza sin una serie de miras y objetivos.
que donde hay poder hay resistencia, y no obstante (o mejor: por lo mismo), ésta nunca está en posición de exterioridad respecto del poder.







Lo que conduce a plantear previamente cuatro reglas. Pero no constituyen imperativos metodológicos; cuanto más, prescripciones de prudencia.






Regla de inmanencia



No considerar que existe determinado dominio de la sexualidad que depende por derecho de un conocimiento científico desinteresado y libre, pero sobre el cual las exigencias del poder hicieron pesar mecanismos de prohibición. Entre técnicas de saber y estrategias de poder no existe exterioridad alguna, incluso si poseen su propio papel específico y se articulan una con otra, a partir de su diferencia. Se partirá pues de lo que podría denominarse "focos locales" de poder-saber bajo el signo de la "carne" que se debe dominar, diferentes formas de discursos portan en una especie de vaivén incesante formas de sujeción y esquemas de conocimiento.






Reglas de las variaciones continuas



No buscar quién posee el poder en el orden de la sexualidad y a quién le falta; ni quién tiene el derecho de saber y quién está mantenido por la fuerza en la ignorancia. Sino buscar, más bien, el esquema de las modificaciones que las relaciones de fuerza, por su propio juego, implican. Las "distribuciones de poder" o las "apropiaciones de saber" nunca representan otra cosa que cortes instantáneos de ciertos procesos, ya de refuerzo acumulado del elemento más fuerte, ya de inversión de la relación, ya de crecimiento simultáneo de ambos términos






Regla del doble condicionamiento

Ningún "foco local", ningún "esquema de trasformación" podría funcionar sin inscribirse al fin y al cabo, por una serie de encadenamientos sucesivos, en una estrategia de conjunto. Inversamente, ninguna estrategia podría asegurar efectos globales si no se

apoyara en relaciones precisas y tenues que le sirven, si no de aplicación y consecuencia, sí de soporte y punto de anclaje.






Regla de la polivalencia táctica de los discursos



Lo que se dice sobre el sexo no debe ser analizado como simple superficie de proyección de los mecanismos de poder. Poder y saber se articulan por cierto en el discurso. Y por esa misma razón, es preciso concebir el discurso como una serie de segmentos discontinuos cuya función táctica no es uniforme ni estable. No hay que imaginar un universo del discurso dividido entre el discurso aceptado y el discurso excluido o entre el discurso dominante y el dominado, sino como una multiplicidad de elementos discursivos que pueden actuar en estrategias diferentes. Tal distribución es lo que hay que restituir, con lo que acarrea de cosas dichas y cosas ocultas, de enunciaciones requeridas y prohibidas; con lo que supone de variantes y efectos diferentes según quién hable, su posición de poder, el contexto institucional en que se halle colocado; con lo que trae, también, de desplazamientos y reutilizaciones de fórmulas idénticas para objetivos opuestos. Los discursos, al igual que los silencios, no están de una vez por todas sometidos al poder o levantados contra él.











1.3 El Dominio







La sexualidad es una serie de relaciones de poder, que se dan entre hombres y mujeres, ancianos y ancianas, niños y niñas.







No hay una estrategia global que defina al sexo, pues existen normas tales como: el matrimonio, reducir al sexo solo a la reproducción. En el siglo XVIII, aparecen cuatro conjuntos dispositivos específicos de saber y poder que son los siguientes:



a) Histerización del cuerpo de la mujer: plantea que el cuerpo de la mujer es calificado y descalificado, que la mujer debe de estar saturada de sentimientos de crianza y responsabilidad moral y la educación del niño o niña. A este tipo de madre se le califica como la “mujer nerviosa”, una imagen negativa, esto es un ejemplo de la histerizacion de la mujer.



b) Pedagodización del sexo del niño: plantea que todos los niños son susceptibles a la actividad sexual, siendo a la vez una actividad natural como antinatural, estos pueden traer peligros físicos, colectivos e individuales, los padres y los expertos deben tomar en cuenta este germen sexual.



c) Socialización de las conductas procreadoras: debe haber socialización política en la cual se norme la procreación, y las parejas tienen que tener un control de la fecundidad, todo esto va acompañado de la socialización económica.



d) Psiquiatrización del placer perverso: el instinto sexual fue aislado como instinto biológico y psíquico, se hizo un análisis clínico y se utilizó tecnología para corregir las anomalías.







La preocupación por el sexo en el siglo XIX se caracterizó por la utilización de cuatro figuras u objetos de saber, que son los siguientes: la mujer histérica, el niño masturbador, la pareja maltusiana, y el adulto perverso. Lo anterior son estrategias, se trata de la producción misma de la sexualidad, a la que hay que concebir como una especie dada por la naturaleza, que el poder trata de reducir.





El concepto de dispositivo histórico explica el porqué de las sensaciones del cuerpo, la intensificación de los placeres, la incitación al discurso, la formación de conocimientos, el refuerzo de los controles y las resistencias son estrategias de saber y poder.







Las relaciones de sexo dieron lugar a un dispositivo de alianza, con los mecanismos coercitivos que lo aseguran, sistema de matrimonio de fijación y de desarrollo de parentesco, de transmisión de bienes y nombres , el dispositivo de alianza es un sistema de reglas que definen lo permitido y lo prohibido, lo licito y lo ilícito, el dispositivo de alianza tiene como objetivo reproducir el juego de las relaciones y mantener la ley que los rige; mientras el dispositivo de la sexualidad ejerce el dominio y las fuerzas de control.







El dispositivo de la alianza está articulado por el factor económico, mientras el dispositivo de la sexualidad esta definido por el cuerpo, para controlar la población de manera global. El dispositivo de la sexualidad algún día va a re emplazar al dispositivo de la alianza.







La familia en el siglo XVIII permitió que sus dimensiones principales donde el eje hombre-mujer, y el eje padres e hijos, se desarrollaran elementos esenciales de la sexualidad, no hay que entender a la familia contemporánea como una estructura social , económica y política de alianza, que excluye la sexualidad, la familia es la guía en la ruta de la sexualidad, y procura la reproducción.







En las sociedades donde predomina el dispositivo de alianza, la prohibición del incesto es indispensable, pero en otras sociedades si es permitido el incesto, los vínculos de alianza se notan mas en la familia desde el siglo XVII, y con esto creando sentimientos, caprichos, y amor, desde luego en una temática de respetar la ley. Cuando se pcicologiza y siquiatriza los vínculos de alianza en la familia, encontramos nuevos actores, la madre sufrida, la mujer frígida, la hija esquizofrénica, el hombre homosexual, el sádico, el perverso etc. esta se constituye en una alianza descarriada y una sexualidad anormal.







En todos estos problemas el psicoanálisis ocupa un lugar, saca a luz la sexualidad misma, se sale del control sexual de la familia, la pastoral cristiana critica la “carne” sin embargo todo nace de un vinculo de alianza, creado y sustentado por la pastoral cristiana. Si la política del sexo no hace actuar, según la ley de la prohibición es preciso abandonar el análisis, ya que es reprimida por razones económicas.







4. 4 Periodización







La historia de la sexualidad tiene dos rupturas, una durante el siglo XVII, nacimiento de las prohibiciones sexuales y matrimoniales, y la segunda ruptura en el siglo XX que consiste en que los mecanismos de represión empiezan a aflojarse, se empiezan a tolerar las diferentes prácticas sexuales, se borra su condena por ley.





A finales del siglo XVIII,nace una tecnología del sexo, nueva independiente de la temática del pecado, que escapa de la institución eclesiástica, la economía la medicina y la pedagogía, llegan a formar tres ejes fundamentales que son la pedagogía de la sexualidad del niño, la

fisiología de la mujer desde la medicina y la demografía que constituye el control y regularización de los nacimientos.







La tecnología del sexo genera grandes innovaciones en el siglo XIX, aparece la teoría de la “degeneración”, que consiste en el análisis de enfermedades mentales tales como el perverso sexual la homosexualidad y otras. El conjunto de perversión, herencia, y degeneración constituyo el núcleo de la tecnología del sexo, el método penitencial de Alfonso de Liguori y la propuesta metodológica de Wesley, tuvieron una difusión mas amplia de su teoría, los primeros en problematizar la sexualidad fueron la elite burguesa, donde se va a problematizar la sexualidad de los niños y adolecentes.







Esto se refiere solo a una clase privilegiada, dejando atrás al niño del obrero, pues ellos son segregados, esto lo podemos denominar discriminación y exclusión mientras las clases populares escapan al dispositivo de la sexualidad. Es importante desmantelar estos dispositivos creados por la clase burguesa y que los pobres tomen conciencia de su situación.







5. DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA







Por muchos años, el privilegio característico del poder soberano fue el derecho de la vida y de la muerte, ya que ello sin duda derivaba formalmente de la vieja patria potestad, la cual era la que le daba al padre de familia romano el derecho de disponer de la vida de sus hijos como de la de sus esclavos. Con ello se le daba el derecho de quitar la vida cuando él quisiera, ya que era él quien la había dado.







El derecho de vida y muerte tal como se formula en los teóricos clásicos, ya es una forma considerablemente atenuada. Desde el soberano hasta sus súbditos, ya no se concibe que tal privilegio se ejerza en lo absoluto e incondicionalmente, sino en los únicos casos en que el soberano se encuentra expuesto en su existencia misma, lo cual es conocido como una especie de derecho de réplica.







El derecho de vida y muerte, tanto en la forma moderna, relativa y limitada, como en su antigua forma absoluta, es un derecho disimétrico. El soberano no ejerce su derecho sobre la vida sino poniendo en acción su derecho en acción su derecho de matar, o reteniéndolo; no indica su poder sobre la vida sino en virtud de la muerte que puede exigir.







Se puede decir que el viejo derecho de “hacer” morir o de “dejar” vivir, fue re emplazado por el poder de “hacer” vivir o de “rechazar” la muerte. Quizá se explique así esa descalificación de la muerte señalada por el desuso de los rituales que la acompañan. El cuidado puesto en esquivar la muerte está ligado menos a una nueva angustia que la tornaría insoportable para nuestras sociedades, que al hecho de que los procedimientos de poder no han dejado de apartarse de ella.





6. ANÁLISIS CRÍTICO:



En la Introducción se pregunta cómo pudo suceder que el lirismo y la religiosidad que acompañaron durante mucho tiempo el proyecto revolucionario se hayan desplazado en las sociedades industriales y occidentales al sexo.







Foucault recurre al estudio de los documentos de la Iglesia católica para comenzar su análisis acerca de los conceptos que él describe como represión y liberación. La "represión" y, consiguientemente, la "liberación" ha dado lugar a una forma de "predicación", que ha tenido sus "teólogos" y soñado "otra ciudad". Se trata de la transferencia en términos de secularización e inmanencia que caracterizó a las filosofías modernas de la historia: la utopía de realizar en este mundo lo que el cristianismo nos prometía en el otro.







Ahora bien, este círculo que dibuja el perímetro de la Historia de la sexualidad, revela la topografía de la historia del cuerpo, el terreno por donde se desplaza esa voluntad de saber que cobrará forma en las tecnologías de lo que Foucault denomina una "bio-política".







En efecto, no sólo la idea de liberación, de una revolución sexual, se inscribe en la lógica de la secularización de las ideas cristianas, también lo hacen los otros dos conceptos centrales de la obra el de "confesión" (la racionalización del examen) y el de "poder" (de la ley a la disciplina).







Foucault propone, para franquear el dispositivo de sexualidad, la ironía de creer que hablando de represión llegaremos a liberarnos del poder, no hay que oponer el sexo-deseo (una especie de estado puro, originario del sexo), sino el cuerpo y los placeres. Se trata, como veremos, de desarticular el mecanismo del dispositivo (desprenderse de la idea sexo-deseo).



Desde este punto de vista, parecería que los mecanismos discursivos acerca del sexo se han multiplicado en lugar de disminuir, durante el período en cuestión (siglos XVIII, XIX y XX). Los mecanismos del poder han implantado una sexualidad polimórfica, en lugar de una selección restrictiva rigurosa. Los mecanismos del saber han dado lugar a una ciencia sexual.







"La hipótesis represiva", toma en consideración precisamente estos tres movimientos históricos: la incitación a los discursos, la implantación perversa y la scientia sexualis. A partir de finales del siglo XVII ciertamente aparecen formas de control de los enunciados en cuanto al vocabulario, a las metáforas que es necesario utilizar para referirse a él, en cuanto a las personas que pueden hablar y también respecto de las situaciones. Pero, al mismo tiempo, dentro de estos límites, se produce una fermentación acelerada de discursos, una multiplicación de los discursos sobre el sexo en el ámbito del poder.







Lo propio de las sociedades modernas no ha sido, en este sentido, el mantener el silencio respecto del sexo, sino hablar cada vez más bajo la forma del secreto.







La "confesión" desde la práctica religiosa y sus formas derivadas de examen médico, psiquiátrico, ha sido la forma privilegiada de este ritual, del hablar en secreto. Foucault apoya dos afirmaciones, por un lado, en la evolución de la pastoral cristiana y por otro, en la aparición en el siglo XVIII, de un discurso político, económico y técnico sobre el sexo. Un discurso racional y no de orden moral, desde la oposición entre lo lícito y lo ilícito.





¿De qué se trata la confesión?: un sujeto relata a otro sujeto, que se considera revestido de cierta autoridad, episodios de la propia vida. Es necesario entender claramente porqué esta práctica reviste un carácter ritual. Del acto sexual la atención se desplaza al deseo. Desde un punto de vista teológico, en este caso, a partir de las categorías del cristianismo, la condición de quien relata episodios de su propia vida es la de penitente, la de alguien que considera que tiene algo de lo que debe ser perdonado; los episodios en cuestión son, precisamente, los pecados (pensamientos, palabras, obras y omisiones que van contra la "ley de Dios" o las disposiciones disciplinarias de la Iglesia); la persona con autoridad para escuchar dichos episodios es el sacerdote que, en cuanto investido de una autoridad y poder divinos, puede perdonarlos, absolverlos.







A partir del Concilio de Trento y del movimiento de la Contra-reforma se recomienda la práctica de un minucioso examen de sí mismo y de la dirección de conciencia. Se tiende a hacer de la carne la raíz de todos los pecados y se desplaza la atención del acto sexual mismo al deseo. Se trata en definitiva de volcar en el discurso el recorrido del deseo.







Como dirá Foucault, el sujeto de la enunciación es el tema del enunciado. Esta forma, históricamente moderna tiene que ver con las formas del poder como la disciplina de la Iglesia por ejemplo. Un conjunto de discursos racionales acerca del sexo en el siglo XVIII trata de administrar el sexo. Discursos racionales en los que el eje no es la oposición moral entre lo lícito y lo ilícito. Los discursos en torno al problema de la población y la demografía: tasa de natalidad, de mortalidad, de fecundidad, edad de procreación, incidencia de las prácticas anticonceptivas, etc. Por primera vez de una manera constante la riqueza está ligada al modo en que los individuos hacen uso de su sexo.







El siglo XIX y el XX han sido la época de la multiplicación de los discursos sexuales de la dispersión de la sexualidad, de la implantación de las perversiones, de sexualidades heterogéneas. La implantación de las perversiones es, a la vez, un efecto y un instrumento. Por un lado, surge en razón de la extensión del poder a regiones cada vez más especializadas y, por otro, la aparición de las perversiones de la sexualidad es la ocasión para una extensión del poder.







En estos movimientos, la función del poder no ha sido la de prohibir y censurar. Se trata de cuatro operaciones de otro orden. No tiende a la disminución de lo que condenan, sino a una difusión del poder. Al incorporar las perversiones surgen nuevas especificaciones de los individuos.







Foucault distingue dos modos fundamentales en que el sexo se vincula con la verdad:



1.- "Ars erotica"



2.- "Scientia sexualis".



En el otro concepto de "scientia sexualis" que caracteriza nuestras sociedades occidentales, debemos distinguir fundamentalmente dos cosas, la herencia del ritual de la confesión y la inscripción de este ritual en los esquemas de la regularidad científica, en los procedimientos de individualización del poder.





El recurrente ritual de la confesión un ritual discursivo donde el sujeto de la enunciación coincide con el sujeto como tema, del enunciado, un ritual de poder que se

desarrolla en la presencia de otro, un ritual donde vencer la propia resistencia de quien habla es considerada como un signo de autenticidad y un ritual donde la enunciación produce modificaciones en quien enuncia.







Ahora bien, esto plantea la siguiente cuestión: más que de una teoría del poder, se trata de llevar adelante una analítica del poder. Una "analítica del poder" quiere decir, entonces, que el poder no debe abordarse desde el punto de vista de su legitimación, sino de las relaciones de poder a través del enfrentamiento de las estrategias. Por ello, es necesario dejar de lado una concepción jurídico-discursiva del poder. Los dos modos fundamentales y comunes (poder-represión y poder-ley) de concebir el poder en relación con el sexo suponen una concepción de este tipo.







El desarrollo de los conocimientos relativos a la vida en general, el mejoramiento de las técnicas agrícolas, las observaciones y las medidas dirigidas a la vida y supervivencia de los hombres, contribuían a ese aflojamiento: un relativo dominio sobre la vida apartaba algunas inminencias de muerte. En el espacio de juego así adquirido, los procedimientos de poder y saber, organizándolo y ampliándolo, toman en cuenta los procesos de la vida y emprenden la tarea de controlarlos y modificarlos. El hombre occidental aprende poco a poco en qué consiste ser una especie viviente en un mundo viviente tener un cuerpo, condiciones de existencia, probabilidades de vida, salud individual o colectiva, fuerzas que es posible modificar y un espacio donde repartirlas de manera óptima.



Si la cuestión del hombre fue planeada a través de su especificidad de ser viviente y en su especificidad en relación con los seres vivientes; es aquí cuando se debe buscar la razón en el nuevo modo entre la historia y la vida: en esa doble posición de la vida que la pone en el exterior de la historia como su entorno biológico y al mismo tiempo en el interior de la historia humana.



El derecho a la vida, al cuerpo a la salud, a la felicidad, a la satisfacción de las necesidades, ese derecho más allá de todas las opresiones o alienaciones, a encontrar lo que uno es y todo lo que uno puede llegar a ser, este derecho tan incomprensible para el sistema jurídico clásico, fue la réplica política a todos los nuevos procedimientos de poder qué, por su parte, tampoco dependen del derecho tradicional de la soberanía.





7. CONCLUSIONES







Se debe tener claro, como los dispositivos de poder se pronuncian directamente con el cuerpo, puede admitirse que la sexualidad no sea, respecto del poder, un dominio exterior en lo que éste se impondría; sino, por el contrario, efecto e instrumento de sus arreglos y maniobras.



Es por el sexo por lo que cada individuo debe pasar para acceder a su propia inteligibilidad, a la totalidad de su cuerpo, a su identidad. Al crear un dispositivo imaginario, el sexo, el dispositivo de la sexualidad suscito uno de los más esenciales principios internos de funcionamiento: el deseo del sexo.



El sexo desde que existe ha sido regido por normas, ya sea inadecuadas o impositivas por el orden establecido, dirigido por el estado y la parte pastoral cristiana, sin embargo en el contexto actual se rompe con una serie de tabúes y secretos sexuales, que no tienen restricción alguna para los ciudadanos contemporáneos.







Todas las cosas o relaciones sexuales que imítanos de la burguesía son basadas en inventos de la misma clase dominante para así ellos poder controlar el sexo y el poder en la clase subordinada. De tal manera ellos ponen las leyes y definen el camino de la sexualidad.



Para Sade y los primeros eugenistas el sexo carece de norma, de regla intrínseca que podría formularse a partir de su propia naturaleza; pero está sometido a la ley ilimitada de un poder que no conoce sino la suya propia; si le ocurre imponerse por juego el orden de las progresiones cuidadosamente disciplinadas en jornadas sucesivas, ese ejercicio lo conduce a no ser más que el punto puro de una soberanía única y desnuda: derecho ilimitado de la monstruosidad todopoderosa. La sangre ha reabsorbido al sexo.







Es cada ser humano el que decide lo que puede o no ser a partir de la sexualización y que el psicoanálisis no ignora, o sea el sexo. Antes de Freud, buscaban localizar la sexualidad del modo más estricto y apretado: en el sexo, sus funciones de reproducción, sus localizaciones anatómicas inmediatas; se volvían hacia un mínimo biológico.







Durante el espacio en que se desarrolló el dispositivo de sexualidad desde el siglo XIX, se ha visto elaborar la idea de que existe algo más que los cuerpos, los órganos, las localizaciones somática, las funciones, los sistemas anatomofiosológicos, las sensaciones, los placeres; algo diferente, algo dotado de propiedades intrínsecas y leyes propias del sexo.





La teoría así engendrada ejerció en el dispositivo de sexualidad cierto número de funciones que la tornaron indispensable. Sobre todo tres fueron importantes. La noción del sexo permitió agrupar en una unidad artificial elementos anatómicos, funciones biológicas, conductas, sensaciones y placeres. Con lo que permitió el funcionamiento como principio causal de esa misma unidad ficticia. La idea del sexo permite esquivar lo que hace el poder.







El sexo no se refiere a la instancia de una historia de la sexualidad, sino que mostrar como el sexo se encuentra bajo la dependencia histórica de la sexualidad. No hay que poner el sexo del lado de lo real y la sexualidad del lado de las ideas confusas y las ilusiones; la sexualidad es una figura histórica muy real, y ella misma suscitó, como elemento especulativo requerido por su funcionamiento, la noción de sexo.



El propósito de Foucault es, no tanto comprobar que la hipótesis que denuncia una supuesta represión del sexo sea falsa, sino lograr integrar los discursos que la sostienen, en una amplia estrategia de poder. Poder polimorfo que no se agota en los mecanismos negativos de la prohibición, la represión y la limitación (como lo concebiría la historia tradicional), sino que opera en forma estratégica con mecanismos de control y de normalización. Poder productivo, que sostiene una voluntad de saber, y que crea técnicas, discursos, instituciones y saberes.







Con esa analítica del poder que propone, Foucault intenta integrar en un mismo dispositivo, tanto los discursos que a partir del siglo XVII hablaron del sexo guiados por el objetivo de hallar en él algo del orden de la verdad, como aquellos que ubican en la misma etapa un período de represión del sexo. Los elementos que proporciona la obra de Foucault, permite integrar la teoría y la práctica psicoanalítica en una estrategia de poder.







La peculiar síntesis del poder y del saber en la época actual, ha constituido un dispositivo sexual y una ciencia sobre el cuerpo y la sexualidad que se constituyen en nuevas y efectivas formas de controlar y de reprimir al sujeto en un mundo de amplia liberalidad aparente. Al respecto, las tesis sobre el poder, la represión, la vida y la muerte evidencian la originalidad y profundidad del pensamiento de Foucault.





8. BIBLIOGRAFÍA

Foucault M. “Historia de la Sexualidad I, La Voluntad del Saber” Siglo veintiuno editores, s.a. de c.v. vigesimoquinta edición en español, 1998 México.







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